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CONVERSIÓN Por Mark Nimo |
Isaías 53 6: "Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahvéh descargó sobre él la culpa de todos nosotros". Este pasaje sobre Jesucristo el siervo sufriente me recuerda una de mis experiencias en África como adolescente y joven adulto, desde alrededor de la edad de doce años hasta los veinticuatro. En varias ocasiones saqué las ovejas de mi padre a pastar. Las ovejas que eran más difíciles de controlar siempre se quedaban enganchadas en las zarzas o morían atropelladas por algún vehículo si salían a la carretera. A veces, estas ovejas tan testarudas ponían a todo el rebaño en peligro. Mi padre siempre me responsabilizaba si algo malo les pasaba a las ovejas mientras pastaban. Me acuerdo de las muchas veces que incluso me castigaba si volvía a casa y el número de ovejas era menor del que había sacado. A veces tuve heridas al intentar soltar a una oveja de las zarzas. Siempre sentí que mi padre me hacía responsable de las ovejas que sacaba. Con compasión y dolor, llevaba en brazos los corderos que nacían en los campos. Creo que Jesucristo siente lo mismo por nosotros que lo que yo sentía por esas ovejas hace años. Sobre él, nuestro pastor, se descargó la culpa y los pecados de todos nosotros. A menudo mi padre me azotaba por mis faltas y mi descuido. Pero piensa por un momento sobre el hecho de que Jesucristo sufrió como el sin pecado. Elegimos errar como ovejas y constantemente nos alejamos de vez en cuando. Esta condición del hombre es lo que las escrituras describen como PECADO; errar de la dirección de Dios, rechazar el amor de Dios y elegir nuestro propio camino. HUMILDAD, HONRADEZ Y ADMISIÓN Nos cuesta todo tener la humildad de David en el Salmo 51 (50), para decir honradamente, "Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí. Así eres justo tú cuando sentencias, sin reproche cuando juzgas". Si te has enfrentado con la realidad de la tentación y el pecado en tu vida, esto no es difícil de entender. Al menos, ¡a mí me ha pasado! Nuestra negativa a reconocer nuestra condición pecadora constituye en sí misma la raíz de todo pecado. Esas acciones que se manifiestan entonces sólo son síntomas de una enfermedad que está profundamente enraizada. Se debe utilizar el hacha en la raíz principal si hay que hacer frente al pecado en nuestras vidas. En el centro del mensaje del Evangelio está la realidad del combate entre la luz y la oscuridad, la verdad y la mentira, la desobediencia y la obediencia, la infidelidad y la fidelidad, el espíritu y la carne, en el corazón de la humanidad. ¡Nos enfrentamos a una elección! |